La evolución de Amazon es digna de estudio. Es el paradigma del emprendimiento: se creó en un garaje y ha conquistado el mundo. Representa el esfuerzo de un hombre, Jeff Bezos, una de las personas más ricas del mundo. Austero y discreto, ha aplicado su personalidad al modelo empresarial del gigante del comercio electrónico. Sin quererlo ni beberlo, de manera sibilina, desde su nacimiento en 1994 ha penetrado en innumerables sectores, aunque con una contrapartida: amenazando su supervivencia. La multinacional ha continuado buscando otras áreas comerciales para seguir expandiéndose.

Adaptarse o morir es la filosofía. Para muchas empresas, el poder acumulado por la compañía ya es imparable. El reciente anuncio de lanzar una farmacia online para vender fármacos a los estadounidenses ha evidenciado, una vez más, los enormes tentáculos que ha extendido en sectores como la distribución, el reparto de mercancías, la compra-venta de artículos, el cine, la música, la robótica industrial. Todo gira entorno a Jeff del gran poder. El cerebro detrás del Kraken. No hay sector en el que quiera estar presente. Y como las langostas, allá por donde pasa deja huella.

Al contrario que Google y Facebook, el negocio de Amazon no depende en su mayoría del oligopolio de la publicidad digital. Sus cuentas se hinchan gracias a las ventas online (todo lo que se compra a través de su plataforma) y a Web Services, su división destinada a arquitectura en la «nube» de la que dependen innumerables empresas como Spotify, Netflix, Airbnb o Uber para estar online, así como otros productos conectados como timbres o cámaras de vigilancia inteligentes.

El problema de esa excesiva dependencia es que, cuando se cae, y a veces ocurre, afecta a todo el ecosistema digital. Esta semana plataformas digitales, aplicaciones del móvil, dispositivos inteligentes del hogar y cientos de miles de webs sufrieron caídas por un fallo en el centro de datos US-East-1 de Amazon Web Services.

Investigada entre dos potencias

El modelo de negocio de esta Big Tech funciona, es incuestionable, aunque no está exento de críticas. La principal es que acumula demasiado poder. Parecía que Amazon había caminado solo, sin demasiados obstáculos legales. Expandiéndose en todos los terrenos a nivel mundial. Y los reguladores estaban ajenos a la fuerza de sus fauces.

Hasta el pasado julio, cuando Bezos hizo su primera aparición ante los legisladores estadounidenses. Se había librado, pero todo tiene un límite. El empresario participó en un interrogatorio en el Senado del país junto con sus homólogos, Mark Zuckerberg (Facebook), Jack Dorsey (Twitter), Sundar Pichai (Alphabet, matriz de Google) y Tim Cook (Apple). En su intervención, Bezos defendió que ha ayudado a crear más de un millón de empleos directos en todo el mundo, es un motor de crecimiento para las pymes y que, quizá de cara al graderío, debería estar sometida al escrutinio.

Amazon está ahora en el punto de mira de la Comisión Europea y de Estados Unidos. El pasado año, la comisaria europea Margrethe Vestager dejó clara su posición: el gigante del comercio electrónico puede haber incurrido en abuso de posición dominante en su relación con las empresas que venden sus productos a través de sus páginas. Su batalla se ha concretado en las acusaciones de la pasada semana: culpa a la multinacional de usar de manera abusiva los datos que obtiene de otras empresas que utilizan la plataforma para vender sus propios productos.

Es la segunda investigación que abre el Ejecutivo comunitario contra Amazon: sospecha que la firma podría favorecer de manera artificial sus propias ofertas minoristas y las de otros vendedores que utilizan los servicios logísticos y de reparto del gigante tecnológico. En su pliego de cargos, Bruselas constata que su conducta permite a Amazon «evitar los riesgos normales de la competición» en el mercado minorista y aprovechar su dominio a la hora de servir como escaparate para otros proveedores en Francia y Alemania, los mayores mercados de la firma estadounidense en Europa.

«Estamos en desacuerdo con las afirmaciones preliminares de la Comisión Europea y continuaremos haciendo todo lo posible para asegurarnos de que ésta cuenta con la información necesaria para tener una comprensión precisa de los hechos. Amazon representa menos del 1% del mercado minorista mundial; en todos los países en los que operamos encontramos minoristas de mayor tamaño que nosotros», defienden a ABC fuentes de Amazon.

Según la CE, la empresa depende «de manera sistemática» de datos empresariales de los comerciantes independientes que venden en la plataforma del gigante digital. Esos datos no son públicos y su uso beneficia al negocio minorista de Amazon, que compite de manera directa con los demás comerciantes. Las empresas tradicionales han denunciado en los últimos años los desequilibrios regulatorios. Pero para la multinacional tan solo se trata de un análisis de optimización. «Como otros minoristas, miramos las ventas e información de nuestra tienda para poder ofrecer la mejor experiencia para los clientes. Sin embargo, prohibimos estrictamente a nuestros empleados usar información específica de colaboradores comerciales que no sea pública para determinar qué productos de marca propia lanzar», insisten las mismas fuentes.

El mayor vendedor de publicidad online

El gigante del comercio electrónico estadounidense se ha convertido en el principal anunciante en internet del mundo. Se reparten el pastel. Entre los tres acumulan el 70% de los ingresos publicitarios en internet, según estadísticas de la consultora eMarketer. Un negocio demasiado suculento: datos recabados por la firma especializada Digiday advierte que de los 333.250 millones de dólares invertidos en publicidad a nivel global en 2019, 144.600 millones fueron a parar al bolsillo de estas empresas. Su poder ha llevado a que, según las estimaciones de la consultora eMarketer, para el próximo año vaya a acaparar el 80% de la publicidad digital junto con Google y Facebook.

Acusaciones de precariedad laboral

Además del poder acumulado en algunas áreas, Amazon también ha sido cuestionado por su modelo de precariedad laboral y elusión fiscal. En los últimos años, la empresa ha sufrido periodos de huelga por parte de sus trabajadores, quienes han denunciado las malas condiciones en los almacenes. Entre ellos, el de San Fernando de Henares, en Madrid, donde la campaña de Black Friday de 2018 fue especialmente mediática. Los trabajadores han criticado sobrecargas de trabajo, mano de obra precaria y contratos temporales.

De cara al exterior, el gigante del comercio electrónico es un ejemplo de la inversión en robótica industrial en sus almacenes, por donde desfilan máquinas pensadas para agilizar las tareas. «Quien marca los ritmos son las máquinas y tienes que llegar. Esto sube los ritmos de producción y los índices de trabajo. En España pasa, y pasa mucho porque se prima la productividad», señalan a ABC algunos trabajadores, quienes consideran que «hay otros aspectos que no cuidan».

Fuentes de Amazon insisten en que la empresa ofrece «un lugar de trabajo seguro y positivo» para miles de personas en toda su red en España con salarios y beneficios competitivos desde el primer día. La remuneración total consiste en un «atractivo salario», apuntan a este diario: «Los empleados de nuestros centros logísticos de San Fernando de Henares (Madrid) y Barcelona (El Prat de Llobregat) cobran actualmente un salario mínimo anual de más de 19.300 euros. El salario se complementa con un amplio paquete de beneficios: seguro médico privado, plan de pensiones de empresa, seguro de vida y accidentes y descuentos para empleados». Pero ese desafío de la Inteligencia Artificial le ha llevado a crear, en algunas ciudades como Seattle -sede de la empresa- un peculiar negocio llamado Amazon Go Grocery, una tienda sin cajeros. ¿El futuro? ¿Están los trabajadores de los supermercados también en peligro?

Críticas a su modelo fiscal

Otro de los aspectos más cuestionables de la compañía ha sido su política fiscal. En su libro « ¡Cállate Alexa!» (Fuera de Ruta, 2019), el escritor alemán Johannes Bröckers asegura que la empresa explota económicamente a los fabricantes de productos de calidad y se les copia debido a que puede producir más barato. Y da algunos datos: por cada cien euros que gana en España, tan solo paga 0,1 céntimos en concepto de impuestos. Las cuatro filiales que tiene en España facturaron en 2018 unos 496 millones de euros, un 78% más que lo generado un año antes (278 millones de euros), según «Economía Digital», pero solo pagó 4,4 millones en impuestos.

 

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