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Leer la mente : el último gran reto de las empresas tecnológicas

La tecnología lleva décadas desarrollándose de forma vertiginosa. A tanta velocidad que a veces da incluso miedo; especialmente cuando vemos lo vulnerable que es nuestra privacidad. Resulta muy fácil a terceros hacerse con todos los datos que, día sí y día también, volcamos en esa caja insaciable llamada internet. Desde hace años, distintos grupos científicos trabajan en el desarrollo de una tecnología que posibilite que los seres humanos controlen un dispositivo haciendo uso exclusivamente de su mente. Una labor que suele estar financiada por empresas tecnológicas, como es el caso de Facebook.

Esta tecnología está ideada, principalmente, para ayudar a aquellas personas que sufren algún tipo de afección neurológica. Hace unos meses, un grupo de neurocientíficos de la Universidad de California San Francisco (UCSF) consiguieron recoger el pensamiento de una persona mediante la lectura de su cerebroa través de electrodos y de sus movimientos bucales. «Este estudio demuestra que, por primera vez, podemos generar oraciones enteras basadas en la actividad cerebral de un individuo», dijo el neurocirujano Edward Chang, miembro del equipo.

Cascos y realidad virtual

Precisamente, el equipo detrás de esta investigación está subvencionado por Facebook. La empresa se mostró exultante después de que los doctores de la UCSF publicasen su último estudio. Sin embargo, en las oficinas de Mellow Park no solo interesan las posibilidades médicas que pueda ofrecer. También vigilan que estos avances sirvan para desarrollar dispositivos que permitan al usuario escribir con la mente. Y esa solo sería la punta de un iceberg enorme.

En estos momentos, la empresa está trabajando en un kit de investigación con forma de casco que, esperan, será capaz de decodificar palabras directamente del pensamiento humano en el futuro. El que esta tecnología esté en fase embrionaria no implica que la red social sea la única interesada en su futura implantación. Elon Musk, propietario de Tesla, lleva tiempo coqueteando con la idea. Con ese fin creó la empresa Neuralink en 2017.

Privacidad

El pasado julio, el propio Musk anunció que su compañía se encuentra trabajando en una interfaz compuesta por hilos que van cosidos al cerebro del usuario y que, en el futuro, permitirán que éste pueda mover una máquina con la mente, conectarse a un ordenador e, incluso, descargar información directamente en su cabeza. Desde las lecciones de la universidad, hasta un idioma. «Un mono ya ha podido controlar un ordenador con su cerebro, para que lo sepáis», llegó a decir el CEO de Tesla durante la presentación del dispositivo, que tuvo lugar en la Academia de Ciencias de San Francisco.

¿Y la protección de datos?

A pesar de que la llegada de esta tecnología es todavía lejana, los juristas y expertos en Ética ya comienzan a preguntarse cuáles serán las implicaciones que tendrá en materia de protección de datos. Y es que, si empresas como Google, Facebook, Apple o Microsoft ya tienen en sus manos actualmente una cantidad de información enorme sobre las personas que emplean sus dispositivos y servicios, ¿que ocurriría si llegan a captar los datos que guardan en su mente?

«Cuando las tecnológicas sean capaces de crear un dispositivo que funciona mediante la lectura de la mente estaremos ante una revolución al nivel de lo que supuso internet en su día. En el momento en el que sea funcional y se comercialice será imprescindible que se realicen cambios en la legislación de protección de datos, que actualmente no llega tan lejos», explica a ABC el jurista digital Samuel Parra.

«Será importante que pensemos en cómo se puede utilizar esta tecnología desde un punto de vista ético. Por ejemplo, ¿sería correcto emplear un dispositivo capaz de leer la mente para saber si una persona tiene tendencias homicidas o está pensando en cometer un crimen?»

El experto es consciente de que este tipo de dispositivos se encuentran todavía en fase experimental. Sin embargo, no duda en señalar los cuestionamientos que pueden llegar a entrañar en una década: «Será importante que pensemos en cómo se puede utilizar esta tecnología desde un punto de vista ético. Por ejemplo, ¿sería correcto emplear un dispositivo capaz de leer la mente para saber si una persona tiene tendencias homicidas o está pensando en cometer un crimen? Es algo sobre lo que deberemos reflexionar a fondo», agrega.

La abogada especialista en protección de datos Paloma Llaneza, por su parte, echa en falta algo más de transparencia por parte de las empresas a la hora de explicar qué supondrá la llegada de este tipo de dispositivos: «La lectura que se puede producir de un cerebro en cuanto a emociones básicas me parece intrusiva», afirma. Al mismo tiempo, la jurista explica a este diario que «las grandes tecnológicas ya son capaces de saber cómo somos y cuál es la forma en la que vamos a actuar» gracias a los datos que recogen desde nuestros dispositivos, los que portamos con nosotros cada día. La instauración de esta tecnología sería ya un paso más en esta dirección.

 

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Hackean un Tesla Model 3, y se llevan el coche de regalo.

Toda infraestructura técnica susceptible de ser «hackeada» por ciberdelincuentes se pone siempre a prueba. Y es que todo lo que está conectado a internet corre el riesgo de convertirse en el objetivo de un cibercriminal que, sin autorización, puede acceder a computadoras, redes, sistemas informáticos o datos.

La ciberdelincuencia es un multimillonario negocio en constante evolución. Armarse contra este tipo de actores que llevan a cabo prácticas delictivas es fundamental y quién mejor que un auténtico «hacker» en su acepción positiva (persona experta en el manejo de computadoras, que se ocupa de la seguridad de los sistemas y de desarrollar técnicas de mejora) para poner a prueba la ciberseguridad de una infraestructura antes de que los malos la intercepten y se aprovechen de ella. Es una de las maneras con la que las compañías pueden protegerse de las posibles acciones de los piratas informáticos.

Esto es justo lo que pensó Elon Musk, cofundador y director general deTesla, para mejorar la ciberseguridad del Model 3, el último coche eléctrico que la compañía ha lanzado al mercado. Musk ha decidido aprovechar los altos conocimientos de los participantes en la Pwn2Ow, un concurso anual de piratería de gran prestigio que tuvo lugar en Vancouver (Canadá) del 20 al 22 de marzo, para mejorar su negocio.

Richard Zhu y Amat Cam son dos de los jóvenes que han ayudado a Musk en que sus vehículos sean más seguros. Ambos han participado en la competición Pwn2Ow, que se desarrolla bajo la iniciativa « Zero Day Initiative» (ZDI), creada por la firma de ciberseguridad Trend Micro de forma anual para alentar el reporte de los «ataques de día cero» (del inglés, «zero day attack» o «0 day attack»)

Este tipo de ataques son brechas de seguridad en el software que no han sido detectadas o se desconocen. Por eso, se habla de «día cero», es decir, cuando los «hackers buenos» detectan dicho error y pueden subsanarlo a tiempo. Una vez detectados, es el proveedor del software quien, entonces, lanza un parche de seguridad o actualiza el programa para solucionar la brecha.

Zhu y Cam son dos jóvenes investigadores de seguridad con un futuro prometedor. Ambos, que formaban el equipo Fluoroacetate, no solo se han llevado a casa 35.000 dólares (31.000 euros) por conseguir «hackear» el coche, sino que también Elon Musk les ha regalado un Tesla Model 3 a cada uno como recompensa por exponer con éxito una vulnerabilidad del vehículo eléctrico.

En apenas unos minutos, consiguieron «hackear» el Tesla Model 3 a través de su navegador tras detectar un error JIT («Just in Time», es decir, «justo a tiempo») en el proceso del renderizado, es decir, cuando se ejecutaba el código. Según recoge el blog de « ZDI», los jóvenes «emocionaron a la multitud reunida», que se congregó alrededor de ellos para saber si realmente iban a ser capaces de detectar algún fallo.

Hacking ético

«Agradecemos a estos investigadores su trabajo por ayudarnos a conseguir que nuestros vehículos estén más seguros en la carretera», ha asegurado Tesla en un comunicado remitido a « TechCrunch». «Durante la competición, los investigadores encontraron una vulnerabilidad en el navegador web del automóvil», reconoce la compañía, que ya ha anunciado que en los próximos días lanzará una actualización de software para solventar el «bug».

La industria de la seguridad de la información no solo se compone de piratas informáticos que buscan hacer daño. Aunque estos últimos están presentes, existen otros expertos «hackers» que se dedican a poner a prueba una infraestructura, detectar los posibles errores de seguridad que pueda tener (algo que se conoce como «bugs», del inglés) y así subsanar los fallos

Durante los tres días en los que se ha desarrollado el «Pwn2Ow» se han entregado 545.000 dólares (480.000 euros) a los participantes que han descubierto 19 errores únicos en el navegador Safari, Microsoft Edge y Windows, VMware Workstation, Mozilla Firefox y Tesla.

Además, según informa la organización, Richard Zhu y Amat Cama haya sido coronado como «Maestros», al ser el mejor equipo de la competición, llevándose un total de 375.000 dólares (333.000 euros).

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El tren del futuro, Hyperloop, entre el timo y la revolución.

Con 450 habitantes, Bobadilla era hasta ahora un pequeño pueblo asociado a Antequera, una joya histórica de Málaga. A partir de ahora puede ser más que eso después de haber sido elegido como enclave para el levantamiento de un centro de innovación cuya principal misión será la de explorar las posibilidades de una construcción futura del Hyperloop, una idea de tren de super alta velocidad cuya razón de ser se encuentra en su conceptualización: está concebido no solo para circular a grandes velocidades, sino a través de una larga tubería hermética.

En una galopante decisión estratégica, el Gobierno español, Adif y una de las empresas que se encuentran desarrollando este futuro medio de transporte, Virgin Hyperloop One, han firmado recientemente un acuerdo que servirá, a priori, para colocar la primera piedra de un proyecto de faraónicas magnitudes que, pese a lo relumbrón de su propuesta, no está realmente garantizada su viabilidad. Curiosamente, han pasado más de veinticinco años desde la salida del AVE pero todavía existen muchas ciudades importantes en España por donde no para ningún tren de alta velocidad. Es una eterna y recurrente promesa de las administraciones, aunque pasa el tiempo y regiones de Extremadura, Castilla y León, Aragón o Andalucíaesperan con los dedos cruzados que agilicen sus comunicaciones terrestres.

Pero el tren, por extensión, ha sido uno de los medios de transporte que más ha reducido las distancias de las comunidades autónomas en las últimas décadas. Un sistema basado en redes ferroviarias cuyo modelo se ha exportado a otros países. Un ejemplo de la potencia industrial de nuestro país y que ha servicio de moneda electoral para lanzar al viento promesas en ocasiones vacuas. Mientras todavía no se han desplegado nuevas líneas, el Gobierno español ya ha empezado a pensar en un proyecto que, por el momento, tiene más de ciencia ficción que de realidad. ¿Es realmente el futuro o estamos ante un nuevo saco roto que se va a tragar el dinero invertido?

Dejará una inversión de 500 millones

El Hyperloop viene de una idea peregrina extraída de la mente de Elon Musk (se puede consultar aquí), el multimillonario sudafricano detrás de proyectos como Tesla SpaceX y que se ha erigido en los últimos tiempos como el gran gurú de la tecnología, el hombre que lo va a cambiar todo. Y España no quiere perder el tren de la innovación. El acuerdo contempla la inversión de 126 millones de euros a financiar un proyecto del que se conocen realmente pocos datos y no existe una seguridad total. La empresa americana Hyperloop One ha sido quien ha conquistado a España. Para avanzar en el acuerdo se destinarán 500 millones de dólares (432 millones de euros) en impulsar estas instalaciones, aunque con una contrapartida: debe venir precedida de una convocatoria de ayudas públicas y subvenciones. Un hecho que supondrá un motivo para sacar pecho a las administraciones: será el primer centro de estas características en Europa.

En los últimos años el «tren del futuro» se ha experimentado por parte de diversos consorcios como Hyperloop Transportation Technologies (HTT), Transpod o Hyperloop One -apoyado económicamente por la multinacional Virgin-. Hasta ahora, e independientemente de cada empresa, han firmado sendos acuerdos con países como Francia, India, Singapur, China, Ucrania o Dubai. La idea es valorar las posibilidades de poner en marcha este proyecto de dimensiones asombrosas. Estos conglomerados se han apoyado en un modelo concursal para recabar ideas de centros de investigación y universidades que les sirviera para conocer la regiones que mejor se adaptan a unirse por este tren de súper alta velocidad. Investigaciones españoles procedentes de un grupo de estudiantes de la Universidad Politécnica de Valencia fueron el embrión de Zeleros, la firma con la que Hyperloop One y el Gobierno han firmado el acuerdo.

El protocolo suscrito permitiría desarrollar, probar y validar en España los componentes del sistema, para, posteriormente, solicitar su certificación según la regulación europea. Una vez superadas las fases de pruebas y validación, el centro de experimentación de Hyperloop permanecerá en España «para dar soporte a las operaciones, el mantenimiento y la expansión internacional» del sistema, según los términos acordados.

Pero, por ahora, es solo un concepto que no ha demostrado prácticamente nada. El desafío a nivel de ingeniería es inmenso, aunque los expertos consultados por este diario están convencidos que el principio físico sobre el que se rige el Hyperloop lo hace posible, pero que hace falta desarrollar una tecnología todavía no inventada. Las principales dudas vienen, sin embargo, de su implementación práctica y el despliegue y costes de su infraestructura. Por el momento, solo se conocen prototipos y diseños conceptuales, además de las diversas pruebas realizadas por las compañías empecinadas en hacerlo real.

Sus detractores lo perciben como una teoría que despierta tanto «hype» como incertidumbre. Dudas acerca de los costes de su infraestructura, desconocimiento real sobre su seguridad, las complejidades sobre su accesibilidad real y el hecho de que puede tratarse de un medio de transporte que se pueden beneficiar unos pocos pasajeros en comparación con ferrocarril. ¿Es el Hyperloop nada más que un sueño y es imposible competir con un tren de alta velocidad? En Japón se han superado los 500 kilómetros hora en trenes-bala que, en comparación con el tren de vacío, exige menos inversión en construcción y alberga una mayor cuantía de pasajeros.

Otro de los grandes desafíos del Hyperloop es la creación de rutas y el diseño de un plan comercial viable. En los primeros diseños se establecieron diversas ramificaciones, pero conforme ha avanzado el proyecto se ha apreciado las incompatibilidades. Solo se trata de un sistema unidireccional por el momento. A no ser que se instalen tubos separados. Pero otro de los grandes obstáculos de este inmaduro megaproyecto se encuentra en el coste de ejecución: promete ser más rápido que los trenes actuales, sí, pero todo apunta a que su inversión en infraestructura, costo de adquisición de zonas terrestres y la adecuación a las normas de seguridad, consumo energético para lograr el vacío en la megatubería donde circulan las cápsulas se disparará en un medio que, según lo previsto, no beneficiará a demasiadas personas.

«El hyperloop es una tecnología emergente que acaba de llegar y su viabilidad completa no está demostrada. Hay que desarrollarse muchos aspectos hasta conseguir un medio de transporte viable comercialmente», asegura a este diario Manuel Romana, profesor del departamento de ingeniería civil de transportes y territorio de la Universidad Politécnica de Madrid y de la escuela de caminos. ¿Tiene entonces futuro? «No se sabe; con la tecnología actual no, pero con los desarrollos futuros posiblemente sí. Eso le ocurrió al ferrocarril o a los aviones. Pensar en aviones comerciales en 1914 era un futuro. El Hyperloop es viable con una tecnología específica que todavía no existe, pero llegará», vaticina. En su opinión, «es más que un concepto, pero es muy difícil saber cuándo puede haber una línea comercial funcionando, pero no va ser tan tarde como se cree». Por ahora es «una expectativa y no una realidad».

Otros aspecto a resolver

«Estamos explorando la tecnología, y la seguridad es una preocupación posterior. Aún no estamos en ese punto», recalca Romana, quien considera que para hacer viable un medio de tales características se tienen resolver otros aspectos como la «vida de la estructura», la respuesta de paradas de emergencias a mitad de un un tubo que tiene que estar «herméticamente muy cerrado» así como «conseguir que las aceleraciones de frenado puedan ser mitigadas de cara a la comidad de los pasajeros». Entre otras teorías que se han manejado alrededor del Hyperloop es la posibilidad de que en lugar de diseñarse para transportar pasajeros se emplee para mercancía. El problema de esta cuestión -subraya Romana- es que para ello se requiere de una red muy ramificada. «Transportar mercancías punto a punto tiene en general ventajas cuando es muy pesada o voluminosa, y eso el ferrocarril ya lo hace bien».

Por su parte, Fernando Galtier, uno de los responsables Hyperloop UPV, asegura que «ya existen demostraciones de tecnología que lo convierte en viable. Hay pruebas de las competiciones y de compañías privadas que hay prototipos que se mueven a altas velocidades, aunque en distancias algo cortas. Dadas las longitudes de pruebas actuales se han conseguido probar mucho el sistema, y demuestra su habilidad a largo plazo». «La seguridad es obviamente importante y se intentaría copiar la seguridad la industria aeronáutica que se basa en prevención y en cuando se vayan desarrollando las vías. No estamos en la fase de seguridad de lleno pero sí se tiene que tener en cuenta la seguridad», añade.

Además de las preocupaciones en torno a la seguridad que podrían surgir al viajar a velocidades excepcionalmente altas, el Hyperloop probablemente dependería de una red de túneles subterráneos que aún no se han construido. Si bien la compañía de Musk, The Boring Company, está tratando de construir esa infraestructura, necesitará de una aprobación de un gran número de gobiernos locales. Sin tener en cuenta que si, finalmente, la idea traza un diseño subterráneo, ¿es posible realizar una excavación de trescientos o cuatrocientos kilómetros por debajo de la tierra?

John Hansman, profesor de aeronáutica del MIT, ya apuntaba en 2013 en una entrevista en «Mercury News» que el concepto original de Hyperloop no rompe ninguna ley física, pero mostraba serias dudas acerca de si es factible. También relató los incalculables riesgos en seguridad, das las posibilidades de resquebrajarse el tubo o sufrir algún tipo de problema con lo que se produciría una descompresión, al tiempo que dejaba caer una duda aún mayor: ¿qué sucedería con los sistemas de evacuación de emergencia? Algo que, por el momento, no se ha dado respuesta, al igual que el mecanismo de frenado para lograr una desaceleración efectiva.

En una entrevista para ABC hace tres añosDirk Ahlborn, director general de Hyperloop Transportation Technologies, aseguraba que las tuberías se basan en una tecnología similar desarrollada en los años setenta y que «han sobrevivido a terremotos de grado 8 en la escala Richter» por lo que, en su opinión, «el sistema es más seguro que el ferrocarril». El problema añadido es que todavía no ha demostrado nada a pesar de que otros de sus precursores, Rob Lloyd, director de Hyperloop One, crea que es una idea que «va a cambiar el mundo». Entrevistado en «Techcrunch» el pasado año, Lloyd prometió que es posible hacerlo realidad pero, para ello, se requerirán de rutas que «tengan sentido» económico y gobiernos que les brinden apoyo. «Si los reguladores bloquean lo que estamos tratando de lograr y nos lo ponen difícil simplemente nos iremos a otro país; hay interés en muchos sitios».

Búsqueda de nuevos medios

El Hyperloop se ha situado en la parrilla de salida de un nuevo medio de transporte, aunque ha tomado de base diferentes tecnologías y teorías del pasado como el sistema de levitación magnética, que data de los años sesenta. «El transporte necesita nuevas ideas y conceptos revolucionarios para que todo el sistema funcione mejor para todos. Pero la mayoría de las ideas que captan los titulares nos distraen de los problemas reales que afectan la red de transporte», escribía el año pasado Paul Lewis, vicepresidente Eno Center for Transportation de Estados Unidos. Incluso Bill Gates, fundador de Microsoft, ha mostrado su recelo acerca del proyecto: «No estoy seguro de que el concepto de Hyperloop tenga sentido; es difícil hacerlo seguro».

Por su parte, Juan (nombre ficticio porque ha preferido proteger su intimidad) es ingeniero industrial y ha estado vinculado a proyectos relacionados con el Hyperloop. A su juicio, este acuerdo representa una oportunidad para investigar nuevos medios de transporte a pesar de que sea algo más de ciencia ficción que un proyecto factible. «Es cierto hay que empezar a investigar en transportes nuevos, que consuman menos energías y que con la globalización nos lleve a sitios en menos tiempos», valora en declaraciones a este diario. «Lo que tengo en la cabeza -dice- es que hay que investigar a pesar de que vaya en detrimento de los medios que tenemos. El Hyperloop no lo veo ni a corto y a medio plazo. Posiblemente no lo veamos ni tú ni yo».

Este experto lo compara con la carrera espacial que libraron Estados Unidos y la antigua Unión Soviética, que «muchos esfuerzos que se hicieron han repercutido en la sociedad actual». Un hecho que considera que pese a que la futura inyección económica de España para financiar este proyecto de investigación puede contribuir en generar ramificaciones sobre otras tecnologías en el futuro. Eso sí, entiende que «estamos en un país que somos reacios a la investigación» pero tiene algo claro: «la financiación no va a caer en saco roto porque investigar en I+D no se suele ver a corto plazo, ni todas las ideas acaban en buen puerto».

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Así es la nueva escuela secreta creada por Elon Musk

Que Elon Musk es «algo» excéntrico es una cuestión sabida por muchos. Su forma particular de ver la vida (y sus negocios) han llevado al creador de Tesla y de Space X incluso a crear su propia escuela en la que sus hijos aprenden de una manera poco habitual junto con otros cuarenta compañeros escogidos entre la élite de la compañía espacial de su padre y alumnos avanzados de otros centros de Los Ángeles. Y todo envuelto con el velo de misterio y polémica que encierra toda la trayectoria de Musk, que ahora se enfrenta a la diatriba de ampliar unos cursos más su colegio o dejar que sus hijos mayores, a punto de graduarse, entren de nuevo en el sistema educativo convencional.

Todo empezó por el descontento del propio Elon en torno a la educación de sus vástagos. Siguiendo su máxima de «hazlo tú mismo», en las propias instalaciones de su trabajo en Space X habilitó un centro, al que bautizó como Ad Astra («hacia las estrellas», en latín) y contrató a un profesor que les dirigiría en el experimento. La cosa fue bien, y de una decena de alumnos se pasó a cuatro que ocupan las instalaciones en la actualidad. Un selecto grupo al que no puede entrar cualquiera, ni siquiera a través de su página web, donde solo se puede ver el logo y una dirección de email.

Sin música y sin idiomas

Como se puede sospechar, los libros, los horarios y las clases no son el centro del sistema educativo ideado por Musk. Según revela el portal Ad Astra, son los propios alumnos los que escogen qué estudiar a través de proyectos técnicos, investigando con robots acerca de ciencia, tecnología, matemáticas o ética, pero dejando de lado la música o las clases de gimnasia. Tampoco se imparten idiomas, porque el CEO de Tesla piensa que en breve se creará un dispositivo para traducción simultánea y no hará falta aprender ninguna lengua más allá de la materna. Por supuesto, las asignaturas «al uso» y los exámenes no entran dentro de las ecuaciones que tiene Elon Musk en su idea de «colegio perfecto», así que los jóvenes de entre 7 y 14 años no tienen cursos convencionales.

400 matrículas para 12 plazas

¿Y quién paga todo? En su mayoría, el propio Musk. De hecho, que el creador de Pay Pal esté detrás de esta escuela es un reclamo para que muchos padres (muchos adinerados que podrían pagar caros centros privados), intenten por todos los medios ingresar a sus hijos en Ad Astra: en 2017 un total de 400 familias se postularon para entrar a una docena de plazas.

La pregunta para el próximo curso es si el excéntrico ingeniero, que hace poco mandaba un coche eléctrico al espacio financiado con sus propios medios, llevará a sus hijos a un instituto «normal» o ampliará el centro. Sea como sea, la curiosidad sobre el colegio secreto del apodado como «Tony Stark de la vida real» no parece que vaya a disminuir. Al menos en los próximos años y mientras su extravagante vida siga dando extravagantes titulares.

 

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Disrupción tecnológica : la mayor revolución jamás conocida

«Muévete rápido y rompe cosas. A menos que estés rompiendo cosas no te estás moviendo lo suficientemente rápido» (Mark Zuckerberg, dueño de Facebook, febrero de 2012)

En 2013, dos científicos de la Universidad de Cambridge descubrieron que basándose en los «me gusta» de Facebook podían deducir el género del usuario con un 93% de acierto y su orientación sexual con un 80%. Dos años después, con solo 70 «me gusta» predecían la personalidad del navegante mejor que sus amigos y con 300 «likes», mejor que su propia pareja. El juguetón «me gusta» de Zuckerberg se había convertido en el perfecto abrelatas de la intimidad ajena.

Los dos científicos se apellidaban Kosinsky y Stillwell y eran colegas de Aleksandr Kogan, profesor ruso afincado en EE.UU., el hombre que ayudó a pasar a la firma londinense Cambridge Analytica los datos de 50 millones de usuarios de Facebook, un escándalo planetario destapado hace siete días por dos periódicos tradicionales, «The New York Times» y «The Observer». Los perfiles privados fueron utilizados subrepticiamente por la campaña electoral de Donald Trump. Antes, en 2012, Obama también se sirvió de las bases de datos de Facebook. Ejecutivos de Cambridge Analytica se han jactado en una grabación obtenida por la cadena británica Channel 4 de haber viciado así 200 procesos electorales, entre ellos el Brexit. Facebook, con una comunidad de 2.130 millones de seguidores, se ha desplomado en bolsa. Su fundador, Mark Zuckerberg, el quinto hombre más rico del mundo con solo 33 años, tendrá que comparecer en el Congreso de EE.UU. para explicar la filtración.

Jonathan Taplin tiene 70 años y es un viejo guerrero. En su juventud organizó conciertos para Dylan y George Harrison y hasta produjo una cinta de Scorsese. Hoy es profesor de Comunicación en la Universidad del Sur de California. El año pasado cobró eco tras publicar un durísimo alegato contra tres colosos de internet, Google, Amazon y Facebook, a los que acusó de minar la democraciay dañar a la cultura.

El título del ensayo parodiaba la cita más conocida de Zuckerberg, «Muévete rápido y rompe cosas». Aunque su tesis adolece de cierto tono conspirológico, merece ser escuchada: «Originariamente internet fue concebida como un medio descentralizado. Pero en los noventa, Jeff Bezos de Amazon; Larry Page de Google, y Peter Thiel, inversor en Facebook, llevaron al mundo su punto de vista libertario. Entendieron muy pronto que internet podía ser un ganador empresarial absoluto y se propusieron plasmarlo. Solo habría necesidad para un gran portal de comercio electrónico, Amazon; un gigante social, Facebook, y un único motor de búsqueda, Google. Pero eso ha sido muy malo para la cultura, los músicos, los artistas y la democracia». Taplin podría haber añadido a la prensa, la intimidad y la propia televisión generalista, mermada ya por Netflix y servicios online similares.

Beneficios asombrosos, impuestos pírricos

Hoy las cinco mayores empresas del mundo son gigantes digitales estadounidenses: el líder planetario es Apple (693.000 millones de euros de valor bursátil), seguido por Alphabet, la matriz de Google (552.000 millones) y Microsoft (470.000). Tras ellas, la tienda virtual Amazon y la red social Facebook. Son multinacionales de faz amable, que con sus ingeniosos servicios han mejorado la vida cotidiana de la humanidad y la han hecho más fácil y amena. Pero se han convertido de facto en monopolios y tal vez también en el caballo de Troya de una nueva forma de totalitarismo light. En el último foro de Davos, el viejo zorro George Soros recordó que Google y Facebook copan el 60% del mercado publicitario estadounidense, lo que deja exangüe a la prensa clásica, con los consiguientes daños para el pluralismo democrático y la calidad de la información.

Fiscalmente, esos titanes se sirven de alambicadas tapaderas que les permiten evitar de manera legal el pago de tributos a las haciendas nacionales. No es ningún secreto: «Las empresas deben pagar sus impuestos allí donde obtienen sus beneficios, aunque se llamen Amazon», se quejó Mariano Rajoy en el último Foro ABC. Este viernes, los primeros ministros de la UE estudiaron legislar al respecto. Dimas Gimeno, el presidente de El Corte Inglés, acaba de exigir también «reglas homogéneas» para «poder competir en igualdad de condiciones» con las multinacionales de comercio electrónico. «Lo que no puede ser es que nosotros paguemos impuestos cuando ellos no los pagan». Es una acusación cierta. En 2016, Google, Amazon, Facebook y Apple solo abonaron 20,3 millones en España por impuestos, y eso pese a haber aumentado su aportación respecto a ejercicios previos. Sin embargo no hay firma española de la parte alta del Ibex que baje de cifras de tres dígitos en tributos.

Jonathan Taplin concuerda: «Amazon ni siquiera paga impuestos por vender libros y eso ha expulsado a muchas librerías independientes y otras empresas. YouTube no respeta el copyright, toman obras ajenas sin pagar. Google dispone del 90% del mercado de búsquedas. Amazon, del 70% de las ventas de libros. Facebook y sus firmas Instagram y WhatsApp suponen el 75% del negocio de las redes sociales». Taplin ve como salida leyes antimonopolísticas, que restituyan la competencia, y también «una regulación con límites morales». Facebook es el mayor editor mundial de contenidos, pero Zuckerberg no se siente concernido por las leyes en defensa del honor que obligan al director de cualquier periódico de pueblo. Por las redes sociales de esas multinacionales campan todavía impunes contenidos de apología del terrorismo, violentos, o perniciosos y abusivos para la infancia, amén de las omnipresentes «fake news».

Historias de robots y tableros

Las compañías más ricas del mundo no solo esquivan a las haciendas nacionales, sino también la normativa laboral. Se calcula que en España hay cien mil falsos autónomos trabajando para esas multinacionales, empleados a los que no se les reconoce relación laboral estable, que operan bajo contratos de cero horas. A diferencia de cualquier pyme, las líderes del podio planetario están exentas de pagar la seguridad social de sus asalariados. Los emolumentos son muy bajos y las condiciones, de enorme exigencia. Amazon, en cuyos almacenes se controla hasta cuánto tardan los trabajadores en ir al baño, ha sufrido esta semana una huelga en Madrid por tales abusos.

Precarización laboral, evasión fiscal y también transformación de la faz clásica de las ciudades, donde sucumbe el comercio al uso, incapaz de competir con el electrónico. Muchas grandes compañías tradicionales, que se han lanzado al e-commerce bajo el siempre erróneo mantra de «tenemos que estar ahí» sufren con la venta por correodonde simplemente no les salen las cuentas.

El agresivo cerebro ruso Garry Kasparovde 54 años, y el menudo y suave surcoreano Lee Sedol tienen algo en común. Han sido los mejores del mundo en lo suyo, el ajedrez y el go, el milenario juego del que se dice que ofrece más combinaciones que átomos tiene el universo. Les une algo más: ambos han sido vapuleados por una máquina de Inteligencia Artificial. Kasparov se midió con Deep Blue de IBM en 1997. El humano empezó ganando, pero al final no pudo más. Él era más creativo, pero carecía de la constancia inmutable y la capacidad instantánea de cálculo de su oponente. Kasparov acaba de publicar un libro sobre aquella pelea desigual, «Deep Thinking». Curiosamente, el Ogro de Bakú, el mayor ajedrecista de la historia, parece haber hecho la paz con la IA. «La tecnología puede hacernos más humanos, al darnos más libertad para ser más creativos».

Lee Sedol, catorce veces campeón mundial de Go, lo barrió Go Deep Mind, un proyecto de IA de una filial de Alphabet. Las grandes tecnológicas auspician la investigación de vanguardia en Inteligencia Artificial. Google es pionera en el desarrollo del coche sin conductor, que es ya una realidad. ¿Inocua para la economía? Existe una vertiente positiva, porque la mayoría de los accidentes se deben a fallos humanos, pero otra inquietante: muchísimas familias viven del volante. Conducir es el primer medio de empleo en 29 de los 58 estados de EE.UU., un país con cinco millones de camioneros. Y habrá más sectores afectados: «Cualquier cosa que requiera menos de diez segundos de pensamiento podrá ser hecha por una IA», se escuchó en Davos.

Los apocalípticos auguran una destrucción masiva de empleos tradicionales, hasta un 57% en las naciones de la OCDE según los más pesimistas. Los más castigados serán los trabajadores de bajos salarios y escasa formación, que podrían formar legiones de «refugiados digitales», personas arrojadas a las cunetas de un progreso que enriquece de manera desproporcionada al 1% de plutócratas que ocupan la cima. Un título universitario y la alfabetización digital ayudarán a contar con un empleo. Los optimistas difieren. Creen que la revolución tecnológica generá nuevas profesiones y que acabará habiendo más trabajo, como ocurrió en saltos anteriores. Por su parte, los humanistas advierten que hay que ir pensando en instaurar una «renta básica universal» a costa de los increíbles beneficios de las tecnológicas para asistir socialmente a sus víctimas.

Prepárense para lo nunca visto

Noticias recientes. Famosas de Hollywood que clonan a sus mascotas. La Universidad de Berkeley crea la primera cerveza genéticamente modificada. Un taxi sin conductor de Uber atropella y mata a una mujer en Arizona. Nace el primer bebé con la nueva técnica de tres padres genéticos… Perdidos en debates añejos del siglo XX (el nacionalismo, el caudillismo populista), a veces pasamos por alto que estamos ya inmersos en la mayor revolución tecnológica de la historia, una gran disrupción que cambiará la faz de la humanidad.

El historiador israelí Yuval Noah Harari ha vendido millones de libros donde el argumento más provocador es que el Homo sapiens está a punto de dotarse de atributos que creíamos reservados a Dios. «La Biblia dice que Él creó animales y plantas según sus deseos, y nosotros estamos a punto de hacerlo también». Lo que más inquieta a Harari es que «la ingeniería genética y cibernética a disposición de una élite le permitirá crear seres súper humanos, con unas capacidades mejoradas que las clases más bajas no tendrán». Sería el fin de la lotería genética, que desde que existe el hombre permite que a veces un pobre pueda nacer mejor dotado física e intelectualmente que un rico.

La velocidad a la que se expanden los nuevos inventos aumenta de manera exponencial, cada vez más rápido. Un excelente informe de la Fundación Telefónica, que ha circulado por algunos de los más importantes despachos del mundo, recuerda que al teléfono fijo le costó 65 años llegar a cien millones de hogares, mientras que Facebook alcanzó esa cifra en solo cinco y «Pokémon Go» lo hizo ya en 25 días. Hoy existen en el mundo el doble de dispositivos móviles que habitantes. Aunque todavía 3.900 millones de personas carecen de acceso a internet, siete de cada diez entre el 20% de los más pobres del planeta poseen un teléfono móvil, a veces antes que agua potable.

El maravilloso cerebro humano es un almacén reducido, cuya capacidad sería equivalente a 40 vídeos de alta resolución por segundo, limitado además por un interfaz de habla que equivale a un ordenador de los años ochenta. Las máquinas nos están alcanzando. En 2015, por primera vez una logró superar el Test de Turing, haciéndose pasar con éxito por una persona. El año pasado, Facebook apagó un sistema de negociación creado con inteligencia artificial porque había ideado su propio idioma.

La máquina se había soltado la melena, al estilo del ordenador HAL en el «2001» de Kubrick y Arthur C. Clarke, una profecía rodada en 1968. En el arranque de este año, Alibaba, el «Amazon chino», y Microsoft han desarrollando formas de IA que han ido más allá que los humanos en comprensión lectora. A mitad de siglo se vaticina que un ordenador podrá escribir un best-seller (lo sentimos por Ildefonso Falcones y Dan Brown) y correrán también a cargo de todas las intervenciones quirúrgicas (lo siento por mi hermano el cirujano). Pero la gran fecha será 2060, momento en que se estima que la IA superará por vez primera a las personas y alcanzará «la singularidad». «Las máquinas estarían entonces en disposición de autoeditarse y evolucionar de manera exponencial», advierte el informe.

El móvil y las redes sociales forman ya parte de nuestra cotidianidad, como si siempre hubiesen acompañado al animal desvalido que hace 30.000 millones de años todavía sobrevivía como cazador recolector y que luego, gracias a su capacidad de anticipación, se convirtió en el rey de la creación y en un depredador en serie de otras especies. Las novedades se agolpan estos días: realidad aumentada y virtual, impresión en 3D, coches autónomos, drones, internet de las cosas, 5G, asistentes virtuales, robótica, IA, biotecnología, computación cuántica… «La inteligencia artificial puede suponer el fin de la raza humana», venía advirtiendo la voz también cibernética de Hawking en sus últimos días.

Elon Musk, el gurú de Tesla, no le va a la zaga: «Con la IA estamos invocando al diablo. Puede ser peor de las armas nucleares», una paradójica admonición viniendo de quien es pionero en su uso con sus automóviles autónomos. Desde la filosofía también llegan suspiros: «Los datos y las máquinas deben de estar al servicio de las personas, y no al revés. Una sierra mal utilizada también sirve para cortar cabezas», razona el penúltimo gurú de moda, Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano afincado en Alemania, que preconiza un retorno -tal vez imposible- a lo auténtico: «Hoy estamos en red, pero no estamos unidos. La comunicación actual se basa en no escucharse».

Apocalípticos e integrados: ¿nos eliminarán las máquinas?

Pero quedarse solo con lo negativo es una mirada tuerta. La revolución tecnológica alargará la vida humana de manera sorprendente y eliminará enfermedades que hoy nos estremecen. Un programa de Harvard mostró que una IA detecta las células cancerígenas con un 92% de acierto, frente a un 96% de los patólogos. Pero cuando los oncólogos y la IA trabajan juntos, el éxito es del 99,5%. Hasta el propio Hariri se desmarca de las profecías apocalípticas a lo «Terminator»: «En cincuenta años ha habido un desarrollo extraordinario en la inteligencia de los ordenadores, pero un desarrollo cero en su conciencia. No hay ningún indicio de que se vayan a desarrollar en ese sentido».

En «2001, una odisea del espacio», «cuando el ordenador HAL se volvió engreído [el astronauta] Dave lo desenchufó con un destornillador y lo dejó cantando patéticamente la canción ‘‘Una bici para dos’’, recuerda irónico el psicólogo canadiense Steven Pinker en su ensayo «Ilustración Ahora», alabado por Bill Gates como «el mejor libro que he leído en mi vida». Pinker se ha convertido en el profeta del optimismo, el sabio que prueba con datos que «en contra de lo que se cree, el mundo va cada vez mejor».

A su juicio sobra histeria cuando se habla de la amenaza de la tecnología y las IA, un alarmismo que él denomina con sarcasmo el «Robotapocalipsis». «La falacia radica en que se confunde inteligencia con motivación». Explica que «incluso si inventásemos unos robots súper inteligentes, ¿por qué iban a querer esclavizar a los humanos y conquistar el mundo? La inteligencia es la habilidad de desarrollar nuevas maneras de lograr una meta. Pero eso no es lo mismo que querer algo». Para Pinker, el hecho de que las máquinas ya nos ganen al go, el ajedrez y los juegos online «no refleja una mejor comprensión de cómo funciona la inteligencia, sino solo la fuerza bruta de chips, algoritmos y data que permite que unos programas sean entrenados con millones de ejemplos y puedan generar unos nuevos similares».

Pinker, de todas formas, no está a su nivel cuando despeja el balón diciendo que «si quieres evitar una IA peligrosa, simplemente no la construyas». Su liviana frase soslaya el gran problema que late al fondo, tal vez el medular: la revolución tecnológica requiere un rearme moral, unas líneas rojas. La tecnología puede cambiar el mundo para bien. Pero si su lema es «todo vale»…

(PD: nada de todo lo que se acaba de relatar ocupa un solo minuto de debate de los partidos políticos españoles).

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